sábado, 18 de julio de 2009

Ante la proyectada remodelación de la Plaza Mayor de Cáceres





Leo en la prensa la noticia de que próximamente, en el otoño, comenzarán los trabajos de reforma del espacio urbano más emblemático de nuestra ciudad: la Plaza Mayor, sufrido territorio que a lo largo de los años ha sido el escaparate de la vida cotidiana y ha contemplado la evolución de un pueblo obsesionado con diseñarlo a su medida, adaptándolo a los gustos y necesidades de cada generación, a la vez que dejando en la memoria una serie de sucesivas instantáneas que se han integrado en la experiencia vital de quienes allí crecieron. De nuevo los responsables públicos de la ciudad han decidido que la Plaza Mayor debe sacrificar por enésima vez su fisonomía para hacerse más maleable a las oleadas de este siglo XXI que hace no mucho estrenábamos. Y ciertamente, este recinto no es solamente un espacio de granito, sino algo vivo, como la propia urbe, y todo lo que sea acercarlo a la sensibilidad de los ciudadanos y adecuarlo a sus demandas resulta positivo, aunque cueste modificar los esquemas y por qué no, que la nostalgia nos asalte por unos instantes, pensando que echaremos de menos esa Plaza que fue la de nuestra niñez o juventud, la que ya sólo vive en fotografías y postales. No es cuestión de modernidad, es la propia energía de la ciudad que se revuelve, buscando nuevas vías camino del futuro. Baste abrir y cerrar los ojos y contemplar las anteriores dos imágenes, con más de cien años de diferencia entre ellas. Porque no sólo es el cambio físico, también el alma se ve distinta.

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