martes, 14 de agosto de 2012

Cine y Literatura: Reinventando el mito.


Desde siempre, cine y literatura han estado íntimamente relacionados. Un buen libro que luego se convierte en película, aunque el proceso resulte algunas veces decepcionante, un guión verdaderamente original que permita construir una historia sólida, que con una buena dosis de acierto y puesta en escena, así como ese mínimo de suerte siempre necesario, termina incluso forjando un mito. Imágenes con referencias literarias, sagas que surgen de la nada y se reinventan continuamente, no siempre con las mismas coordenadas y las mismas claves que acaso un día funcionaron. El verano es hábil para rediseñar secuencias, para descubrir personajes y tomar nota de ideas y frases, para investigar nuevos sonidos y nuevas coreografías. El cine y los libros ayudan mucho a ello, abren la puerta a esos mundos que aguardan ser visitados.  Un primer ejemplo de ese maridaje nos condujo a la deliciosa novela "La delicadeza", de David Foenkinos, publicada en España por Seix Barral, y llevada al cine bajo la dirección del propio autor y de su hermano Stéphane Foenkinos, con reparto encabezado por la no menos encantadora Audrey Tautou, la inolvidable Amélie, cuya sensibilidad se reedita en esta nueva historia, en la que hay mucho de amor, pero también de ternura, de sentimiento y esperanza después de una desgracia personal.




Radicalmente distinta, la también recién estrenada Prometheus, quizá solivianta a quienes buscaran una reedición del mito de Alien, el octavo pasajero, o acaso una teoría razonablemente sostenible en la que apoyar el origen de aquella exitosa historia con la que Ridley Scott revolucionara el cine de ciencia ficción y de terror allá por 1979. Ya decíamos que no siempre la reinvención de los mitos responde a lo esperado y menos cuando lo que se plantea obedece a argumentos y propuestas no necesariamente coincidentes con el original. Como en Gladiator, Ridley Scott tiñe todo el filme de una atmósfera trascendente y existencial de la que carecía el Alien de finales de los setenta. Aquí se trata de indagar, de obtener respuestas, y el resultado, aunque brillante técnica y visualmente, con escenas realmente impactantes, termina en un océano de preguntas cuya explicación difícilmente obtiene el espectador, sumido en medio de un deslumbrante escenario futurista donde el hombre continúa siendo un ser débil y frágil que busca su sentido en el cosmos aunque ello pudiera costarle su propia aniquilación. Después de ver Prometheus, la tentación de navegar de nuevo a bordo de la Nostromo nos lleva a adivinar las coincidencias que pudieran existir entre ambas películas; la más significativa, la dicotomía entre el personaje femenino protagonista (en Alien, el encarnado por Sigourney Weaver, la célebre Ripley, y en Prometheus, el que interpreta Noomi Rapace), y el androide, en los dos filmes certero, implacable y programado. Pero también está la criatura, sin duda mucho más relevante en la primera que en esta precuela, donde el director se pierde en una suerte de referencias simbólicas y arqueológicas que recuerdan las propuestas de Erich Von Daniken sobre la hipótesis de un creacionismo extraterrestre. Prescindible a nuestro entender el personaje encarnado por Charlize Theron, cuyo sentido no acabamos de captar más allá de lo que supone el reclamo de una actriz de renombre y físico inapelable. 





Después de tanto comecocos, lo mejor es pasar un buen rato y desintoxicar la mente con propuestas como la de Brave, de la factoría Disney Pixar, cine de consumo pero de impecable factura con una historia divertida, idónea para estos días en los que se trata de desconectar de lo cotidiano. Y con una princesa de nombre extremeño, Mérida, pero ascendencia escocesa. 



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