jueves, 28 de julio de 2011

La última vez que vi París (por ahora)


Fue hace ya dos días. Aunque todo suene a empalagoso tópico, sí, lo de la "Ciudad de la Luz", el romanticismo parisino o la misma repetida imagen de la Tour Eiffel, que ni por un instante se descuelga del campo visual, lo cierto es que pese a no ser nuestro primer viaje a la capital francesa, la ciudad tiene un algo que la hace realmente única e inolvidable, que te invita a perderte por sus distintos universos, pues así me parecen sus barrios y entornos, con una personalidad que termina absorbiéndote. Espero volver, una vez más, algún día, aunque ahora lo mejor sea asimilar los buenos momentos vividos y recoger los sabores y las instantáneas que aquellas calles y sus gentes nos han regalado. Como el ejercicio de recorrer los muelles, de dejarse llevar puente tras puente; de subir las escaleras que conducen a Montmartre, aunque ya poco quede de aquel laberinto de callejuelas y garitos que conocieron los artistas de finales del siglo XIX y principios del XX y que tanto se ha mitificado después, quizá en exceso. Hoy, la vorágine de los turistas apenas permite distinguir el contorno de la Place du Tertre, literalmente tomada por toda clase de pintores que ven en aquellos su forma de ganar dinero, las más de las veces improvisando retratos, caricaturas, paisajes de París, en directo y sobre la marcha. Quizá nos encontremos con diversas categorías artísticas y calidades, imágenes repetidas hasta un punto casi sin retorno, pero no por ello carentes en todo caso de ese difícil encanto que es inherente al arte de la calle. La música completa el cuadro del tour parisino de la Butte Montmartre. Junto al Sacré Coeur, se escucha el arpa o el acordeón y los visitantes foráneos se marchan satisfechos camino de Clichy y del no lejano Moulin Rouge, a catar quizá otro tipo de sensaciones.




La voracidad propia de la maquinaria urbana apenas deja instantes para reflexiones más profundas, pero un café o una cerveza en el velador de cualquier típica "Brasserie", contemplando el tránsito mecánico de esa humanidad que es cautiva de su época puede constituir un buen principio para hacer un guiño al espíritu creativo y prender la mecha de la literatura, lo que puede comenzar con el hecho de tener un buen libro en las manos, que leer por supuesto en francés, como no podía ser de otra forma. La fórmula funciona, y al menos si lo que se pretende es la evasión del yugo de lo cotidiano, a mí me ha servido. Aunque luego tenga que continuar mi lectura ya en tierras españolas. Al menos AMÉLIE NOTHOMB me ayudará a mejorar mi francés, mientras avanzo página a página de su libro.



También solemos visitar siempre en París alguno de sus cementerios. Ya vimos el más famoso, el de Père Lachaise, donde se ubica la muy concurrida tumba de Jim Morrison, y esta vez le ha tocado el turno al de Montmartre, donde entre otros, reposan artistas como Héctor Berlioz, Heine, Stendhal, Alejandro Dumas o el cineasta François Truffaut. Extraño camposanto, en parte cubierto por un puente metálico que sugiere la apariencia de que las tumbas se encuentran en una nave industrial. El resto queda no obstante al aire libre y rodeado de viviendas, cuyas ventanas ofrecerán sin duda vistas privilegiadas del conjunto. No aptas para supersticiosos o personas sensibles.



El recorrido lo terminaremos en los pasajes enclavados en el entorno de los Grandes Boulevares, por supuesto fuera del influjo y la tela de araña de los Centros Comerciales, muy abundantes en esa zona y con precios que te hacen mirar para otro lado, sobre todo ahora, en estos tiempos donde el lujo parece fuera de sitio. En las tiendas de las marcas de renombre, de mayor caché, sólo los japoneses hacen cola. En la especie de zoco que recuerdan Pasajes como el llamado "Panoramas", prolifera otro tipo de ofertas. Los objetos de colección, la filatelia, la tarjeta postal, que tanto nos gusta. Es una experiencia indescriptible hablar de la materia con auténticos especialistas, en el país que prácticamente exportó este tipo de sistema de comunicación en tiempos en que ni internet, ni la televisión, ni por supuesto el correo electrónico eran imaginables. Como mi lectura en francés, esta vez lo que corresponde es hacer acopio de estampas parisinas, todas de aquellos años de la llamada "Belle Epoque", tarjetas que será difícil localizar en otro lugar y en las que aún vive ese París que el imparable avance de los tiempos ha terminado por difuminar.

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